Es necesario que pongamos un valor a la degradación que sufre la naturaleza; que consideremos lo que cuesta descontaminar un suelo, recuperar un río o eliminar la lluvia ácida; y que ese precio se lo incorporemos a los productos cuya fabricación deterioren el medio ambiente. Ahora mismo, el precio de esos productos es mentira, ya que no le incorporamos la cantidad de agua que hemos deteriorado, ni lo metros cúbitos de aire seriamente dañados. No le imputamos la pérdida progresiva de calidad de vida. Está claro que en esta cosiedad, las cosas se valoran por el precio económico que tienen, y el medio ambiente no es valorado por la Administración, porque no le adjudica los presupuestos minimamente aceptados.
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